Ay madre que me voy a España a “Nombrar el cuerpo” (Editorial Egales, 2022). Marcar el calendario que ya tenemos fecha para la PRESENTACIÓN de Guadalajara.
Me va dar algooooo.
Me acompañarán mi hermanísimo, el cuentacuentos Estibi Mínguez , y la narradora oral Margalida Albertí que interpretará un monólogo del libro
Me encantará veros. Habrá más encuentros, e iré informando según se vayan organizando.
Para el año 2023 te deseo lecturas que te emocionen, que te inspiren, que te descoloquen, pero sobre todo que te acompañen. Y te invito a leer más autoras, más autoras trans, bolleras, bisexuales, queer… en definitiva, ¡más autoras disidentes sexuales y de género!
Soy la escritora María Mínguez Arias, autora de la novela “Patricia sigue aquí” ganadora de un premio ILBA en el 2018, y de “Nombrar el cuerpo”, la colección de ensayo en la que pongo el cuerpo para que no lo tengas que poner tú. Si te animas, allí, entre sus páginas, nos vemos este 2023.
El podcast Hablemos Escritoras cerró el año con una serie de buenos deseos de parte de algunas de las escritoras, traductoras… que han entrevistado a lo largo de los años. Estos fueron los míos para este año. El episodio entero se puede escuchar aquí Adiós 2022. Bienvenido 2023
En la galería de Medicine for Nightmares bellamente muraleada por Pancho Pescador, Lourdes Cárdenas y yo nombramos el cuerpo en San Francisco por primera vez. Lourdes preparó una interesantísima introducción (gracias por tu perspectiva y generosidad). La poeta Vanessa Torres llegó con una botella de vino bajo el brazo y, entre vinito y vinito, conversamos, leí y firmé algún libro.
Hubo caras conocidas, otras nuevas y alguna conocida que pude abrazar por primera vez después de los muchos “zooms” de los últimos dos años.
Al acabar, nos fuimos a tomar una cerveza porque, sí, había mucho que celebrar.
Significó mucho para mí nombrar el cuerpo a sólo dos manzanas de la casa en la que creció mi madre y de la que partió para España a primeros de los sesenta. Gracias a tod@s por acompañarme, en especial a mi pareja de ya casi 25 años, por seguir ahí, dándolo todo… y ¡por las fotos!
¡Y a seguir nombrando el cuerpo, qué a eso hemos venido!
La quinta parada del road trip de Nombrar el cuerpo fue en Vermont, donde tuve el inmenso placer de visitar la clase de SPAN 433 Creación Literaria: Gran Formato y a su profesora, la también escritora Estela González. Para tratarse de un encuentro por zoom (no pude ir en persona) disfrutamos de una cercanía y una autenticidad que no me esperaba.
La clase utilizó Nombrar el cuerpo (El BeiSMan PrESs, 2022) como punto de partida y modelo para escribir las geografías de sus propios cuerpos. Fue un honor conversar con este increíble grupo de escritor@s en formación y contestar a sus dudas y preguntas. Les quedo muy agradecida. Gracias también a Estela González por entender el potencial instructivo de este texto dentro del oficio de la escritura, y por armar un curso tan enriquecedor e interesante. Admiro tu trabajo, no solo como escritora, sino como instructora.
Aquí comparto la grabación de este revelador encuentro. Os invito a verlo aquí
Leyendo un fragmento de Nombrar el cuerpo en la Feria independiente del libro de Watsonville. FOTO Joel Bernabé
A la primera Feria independiente del libro de Watsonville, organizada por las intrépidas Mina Reyes y Joel Bernabé en la Central Coast californiana, llegué sabiendo que iba a temblar, lo que no imaginé fue la magnitud de los temblores ni que me llevarían a replantearme la logística del resto de mis lecturas.
Me diagnosticaron “temblores esenciales” (una enfermedad hereditaria y neurodegenerativa) a los 40 años. Desde entonces no he parado de temblar: primero me temblaron las manos y después progresivamente empezó a temblarme también el resto del cuerpo. Doce años después lo único que no me tiemblan son el cuello y la cabeza. Pero lo de habitar un cuerpo que tiembla en una tierra que tiembla ya lo nombro todo en el ensayo “Sismografía de mis temblores” incluido en mi útimo libro Nombrar el cuerpo (Editorial Egales/España y El BeiSMan PrESs/Estados Unidos).
Hoy de lo que quiero hablar es de lo que pasa cuando quieres compartir y promocionar tu libro en ferias del libro y otros eventos públicos. Quiero hablar de lo que ocurre cuando te da pavor hablar y leer en público y tienes temblores que se disparan con las emociones fuertes, como por ejemplo, el mismo pavor. Quiero hablar de lo que ocurre cuando la feria tiene lugar en el patio de un restaurante en un día frío; el frío, ese otro disparador del temblor.
Mi última lectura en persona fue en la Feria del libro de Chicago en octubre de 2019. Desde entonces y por circunstancias pandémicas todas mis lecturas y charlas han sido por zoom. Lo que significa que Watsonville iba a ser mi primera lectura en persona en tres años. Sabía que los temblores habían seguido su curso neurodegenerativo y contaba con que fueran más y más fuertes, por lo que la primera decisión que tomé justo antes de empezar a leer fue la de olvidarme del micrófono. En el pequeño escenario improvisado por Mina con un bello sarape de fondo no había silla, por lo que debía leer de pie y sujetando ambos, libro y micrófono. Sabía que necesitaría las dos manos para sujetar el libro, así que avisé que no pensaba utilizar el micro.
“¿Estás segura? ¡No se te va a oir!”, gritaron desde el fondo.
“¿Se me oye?”, pregunté con la voz más alta, profunda y dramática que puede improvisar.
“Se te oye”, volvieron a gritar. “¡Adelante!”
En el momento que pronuncié las primeras palabras las manos y los brazos me empezaron a temblar. Sin parar de leer y a medida que aumentaban los temblores, intenté mitigarlos probando con varias posturas: sujetando el libro con las dos manos e hincando los codos en los costados para contener el temblor de los brazos (esa es la postura que podéis ver en la foto de más arriba); apoyando el libro en el estómago; apoyándolo después sobre el pecho… Pero todas ellas resultaron inútiles porque el temblor siguió su curso implacable y se pasó a las piernas, sobre todo a la izquierda, que a estas alturas, como un pez fuera del agua, se agitaba descontroladamente. Me dije que estaba entre amigas (aunque acabara de conocerlas) y me repetí lo que ya me había ido diciendo a lo largo de la mañana en el coche camino de Watsonville: que si acababa de escribir un libro titulado Nombrar el cuerpo, debía de nombrar también el temblor en público, y no esconderlo ni disimularlo como había hecho hasta entonces. Escribir este post también es una manera de nombrarlo y de reconocerlo. En definitiva, de documentarlo.
Acabé la lectura como buenamente pude y me retiré a mi mesa con mi libro y una calma inmensa. Por primera vez en mi vida había leído cagada de miedo y temblando descontroladamente, pero sobre todo, había leído sabiendo que con cada espasmo estaba nombrando el cuerpo y ¡a eso había venido!
Cuando terminó la Feria, Mina animó a toda la que quisiera a volver a leer sobre el pequeño escenario. Yo me abroché la chaqueta, me puse los guantes, agarré mi libro y volví a leer. Esta vez poesía. Leyendo, temblando y sonriendo, celebré el cuerpo temblante. También concluí que no volería a esconder mis temblores ni a leer en público de pie. A partir de ese día juré que pediría una silla. Al fin de al cabo ¡los temblores se celebran igual de pie que sentadas!, ¿no?