No siento más que una enorme gratitud por las mentes inquietas que leyeron mi novela Patricia sigue aquí (Editorial Egales, 2018) y hoy conversaron conmigo en el marco del Club de lectura en español del Monterey Peninsula College, y por mi amiga, la poeta y profesora puertoriqueña Kadiri Vaquer Fernández, que organizó este lujo de encuentro. Comida y música incluidas. ¡Qué día más bonito en la ciudad junto al mar!
Desonfío de los manuales de escritura que garantizan resultados inmediatos como si en la narración escrita 2 + 2 siempre fueran 4, pero era la primavera del 2016 y yo acababa de regresar del Festival Internacional de Escritores de San Miguel de Allende en México (¡mi primera conferencia literaria!) donde había paseado mi recién acabado manuscrito de Patricia sigue aquí; un manuscrito que todavía no había logrado pulir del todo.
Lo había trabajado durante unos cuatro años, primero en el marco de los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja bajo la tutela de la escritora y profesora Leonor Sánchez Martín –a la que tanto le debo– y más tarde a solas en mil lugares porque maternar y escribir significan no escribir nunca en el mismo lugar ni a la misma hora. Al terminar el manuscrito se lo había enviado de vuelta a Leo para que me diera su opinón porque a estas alturas nadie conocía las entrañas de esta novela mejor que ella. El informe de lectura que redactó me reveló que había un par de hilos narrativos demasiado distendidos, es decir: que había hilos cuya tensión narrativa había que ajustar.
Con esa idea me había ido yo a México, con esa idea y con la sensación de que, aunque Leo me había dicho que eso se solucionaba con unos cuantos retoques, yo no sabía muy bien por dónde empezar. La tarea, en principio tan sencilla, me tenía superada. Hasta que una tarde me crucé con una escritora y periodista a la que acababa de conocer en la fiesta de inaugurción del Festival, ella venía de un taller en el que habían explorado el tema de la armadura de los textos, de las lagunas, de la tensión literaria… y se había mencionado el método de Book Architecture. ¡Me entusiasmé!
Book Architecture de Stuart Horwitz propone el método de trabajo frente a la fórmula simplista
El único problema era que se acercaban las vacaciones de semana santa. No teníamos previsto ir a ninguna parte: mi pareja trabajaría casi todo el tiempo y yo me quedaría en casa con los peques, lo que por aquí se conoce como una “staycation”. La idea de no poder hincarle el diente al método de Horwitz y a mi manuscrito hasta que mis hijes regresaran al colegio me tenía loca. ¡La curiosidad escritural me estaba matando! Así que me compré el libro y me lo leí del tirón antes de las vacaciones. Después, sabiendo que mi dedicación a este método solo podría ser a trompicones durante esa semana y media, pegué un montón de folios con celo y los colgué de la pared del salón como si fueran un lienzo gigante en blanco. Coloqué una silla delante y puse encima mi manuscrito, el libro de Horwitz todo subrayado, un lápiz, una goma de borrar y una regla; y a cada ratito que tuve me senté delante del lienzo en blanco a reproducir el esquema (la “expanded series grid”) de mi manuscrito.
Los huecos en los que insertar esos pequeños detalles de los que hablaba Leo, que si recuerdo bien resultaron ser tres escenas de media página cada una, fueron apareciendo con una claridad tan absoluta que se me pusieron los pelos de punta. El esquema me permitió además identificar lo que Horwitz llama las key scenes, ¡esas escenas en las que de repente todo cobra sentido para la lectora!, terminar de apuntalar mis hilos: esas series de elementos narrativos cuya repetición ayuda a la lectora a seguir la historia que con el paso de los capítulos se va tornando compleja sin llegar a perderse, mientras se mantiene la tensión y el sentido de anticipación.
El método de Book Architecture me proporcionó uno de los momentazos más gratificantes de mi trabajo como escritora y me ayudó a pulir de una vez por todas el manuscrito que publicaría la Editorial Egales dos años más tarde. ¡Momentazo total!